10. Pablo 2 (Chino)

Kevin dice que anoche soñé contigo y no estaba durmiendo. Lo que más me gusta de Parque Centenario es que a pesar de haber ido miles de veces, aún puedo perderme, como si fuese un laberinto.  Estoy escuchando la discografía completa de Kevin Johansen en aleatorio. ¿Para qué te vas a ocultar? Si no hay nada para disfrazar. 
Seguro que cuando conocí a Matías estaba escuchando a Kevin. Mati se acordaría qué canción escuchaba. Me refiero al día que hablamos por primera vez. Estoy seguro que en ese momento estaba escuchando música. No me acuerdo qué, pero si me acuerdo que yo estaba parado en frente de la góndola de las galletitas. Hacía frío, pero yo estaba en ojotas porque al chino voy en ojotas. 
Estaba en un momento en el cual me replanteaba cosas y pensaba que comer sanamente y hacer yoga me iba a dar felicidad. Fue una etapa de mi vida muy “El arte de vivir”. Por eso estaba parado frente a las galletitas de salvado. Detrás de mis galletitas macrobióticas y del pan lactal lo vi a Matías. Era como un nene enojado a punto de ponerse a llorar. Lo había visto varias veces. A veces solo, a veces con una chica que lo opacaba fácilmente con su histrionismo (a quien luego conocí como Julia) y una o dos veces con un chico que parecía ser un novio o un chongo, nunca le pregunté. Siempre me había llamado la atención. 
Elegí mis galletitas y seguí caminando entre las góndolas con mi canasto. Lacteos, productos de limpieza, congelados. Antes de agarrar las milanesas de soja me fijé si este chico con la remera de “El viaje de Chihiro”  seguía parado frente al estante monopolizado por Fargo. Entonces fue cuando escuché traspasando mis auriculares a la china de la caja a los gritos. Enfrente de ella, Matías. Me acerqué y le di a la cajera 10 pesos para pagar la bolsa de pan lactal que el chico con cara de nene enojado no parecía poder pagar. En ese momento debería hacerme dado cuenta de una de las características fundamentales de Matías: Necesita X cosa en particular; hacés tu mejor esfuerzo para darle lo que sentís que necesita; lo rechaza. Es como un perrito que desesperado salta encima tuyo apenas te ve, pero que cuando te acercás para acariciarlo se escapa corriendo a esconderse bajo la cama. “No quiero tu plata”. La china no iba a aceptar fiarle nada a Matías y rápidamente metió los 10 pesos en la caja registradora.
Él se quedó parado al lado mío comiendo un pedazo de pan, mientras yo pagaba. Me volví a poner mis auriculares y salí del chino. Había caminado unos metros y desde la puerta me gritó “ey, gracias. No es que no pudiera pagar. O sea, no tenía plata. Pero generalmente la tengo, es que me estoy mudando, y…” Me acerqué, lo miré y sonreí. Me causó muchísima ternura descubrir lo nervioso que podía poner al chico del chino cuyo nombre ni siquiera conocía.
1536113622. Me invitás a tomar un café y así me devolvés los diez pesos”. Me di media vuelta y empecé a caminar hacia mi casa, mientras escuchaba a Matías repetir sistemáticamente mi celular. Me puse nuevamente mis auriculares. Sí, seguramente estaba escuchando a Kevin Johansen.  

9. Matías 2 (Carta a Pablo made in Utilísima)

(hacé click en las imágenes para leer o arrastralas a una pestaña nueva para verlas en el tamaño original.)

“Me hice cargo de tu luz que desde afuera es tan hermosa” 

Me hice cargo de tu Luz - Lisandro Aristimuño

(Juan)

8. Julia 2 (Frida)

Una vez le preguntaron a Frida Kahlo por qué solía retratarse a ella misma. Frida contestó “porque estoy muy sola”. Cuando la tildaron de surrealista, se opuso a esa etiqueta argumentando que ella pintaba su realidad. La realidad de Frida era que estaba muy sola.
Cuando yo era chica jugaba sola. Mi única compañía eran las empleadas domésticas que mi mamá contrataba. Mi mamá. Bueno, no sé, esa mujer que me parió y que no conozco muy bien. Desde que nací hasta que cumplí los dieciocho nos mudamos miles de veces. Tal vez por eso es que nunca entendí muy bien el significado de “hogar”. O por ahí porque “hogar” viene con “familia” y no entiendo mucho de eso tampoco. Y eso que tuve varias. Cada novio nuevo de mi mamá traía incluido en el combo a sus hijos de parejas anteriores. Generalmente estas familias transitorias no duraban más que un par de meses. Mi mamá volvía a separarse, nos mudábamos y yo estaba sola. No es que hubiera dejado de estarlo, pero cada vez que tenía que guardar mis cosas en una caja de cartón era como un recordatorio de que nunca iba a pertenecer en ningún lugar. Ni a nadie.
El verano después de terminar la secundaria lo pasé evadiendo todo lo que involucrara tomar decisiones. No estaba peleada con mi vieja, pero tampoco le hablaba; generalmente no dormía en casa, pero tampoco era como si me hubiese mudado; estaba saliendo con Juan y pasaba la mayor parte del tiempo en su casa, pero no era mi novio. Siempre me costó definirme respecto a todo.
A Juan y a mí nos unieron amigos y gustos musicales en común. No es muy difícil quererlo y menos cuando era la primera persona en toda mi vida que mostraba un interés real por mí. Y no sólo eso, sino que él no sólo me ofrecía a él mismo y a todas las canciones que pudiera componerme, sino que me ofrecía algo que yo había empezado a pensar que no existía: hogar. Más allá que no fuera el mío, era uno que me prestaban por un rato.
Juan tiene un papá que existe y una mamá a la cual le importa lo que le pasa a sus hijos. Un papá que hace chistes y una mamá que cocina milanesas.
Juan también tiene una hermana.
Cuando la conocí sentí como si algo me hubiese golpeado la cabeza. Suelo poder tomar el control de las personas con las que me relaciono. No me intimidan. Es más, me han dicho que soy bastante avasallante. Pero con Florencia fue distinto. Ella no es para nada intimidante, pero el efecto que tiene en mí sí. Me desorienta totalmente. Yo no creo en esas pelotudeces del amor a primera vista, ni en el Destino.
Flor es hermosa. Cualquier persona puede coincidir en esto conmigo, del modo más objetivo. Pero lo que me pasó cuando Juan me presentó a su hermana poco tiene que ver. A penas me sonrió y empezó a hablar, sentí como si algo me arrastrara hacia ella. No era sólo sentirme atraída hacia ella físicamente, sino que sin siquiera conocerla sentía una atracción… no sé, emocional, por ponerle un nombre. Me preguntaba cosas sobre mí y me ponía nerviosa, quería impresionarla y no sabía por qué. Quería escucharla hablar todo el tiempo y sobre todo, quería tocarla. No necesariamente de un modo sexual, sino que quería tenerla cerca.
Ese verano me la pasé en la casa de Juan. A medida que pasaban las semanas iba menos a verlo a él y más a verla ella. No sé bien qué buscaba, ni qué esperaba de Florencia. Juan era alguien que estaba ahí para mí y nada más. Nos entendíamos muy bien, claro, pero yo no desesperaba por ver su nombre en la pantalla cuando sonaba mi celular. Esperaba que apareciese un nombre que ni siquiera tenía agendado. Un día agendé ese nombre y pasaron cosas, y el tiempo también.
Si pudiera retratar lo que pasó lo haría con una serie de fotogramas. Primer fotograma: estoy sentada al lado de Juan y está todo bien. De repente me paro y me siento enfrente al lado de Florencia.
En mi cuadro favorito de Frida, se encuentra ella acostada sobre el suelo y las raíces que surgen de su pecho la unen con la tierra.
En el último fotograma yo estaría sentada al lado de Flor y las raíces que atraviesan los cuerpos de las dos nos conectan con la tierra.
Yo nunca tuve raíces, ni hogar, ni nada de eso, sólo tuve alas para volar. Las raíces de Frida, creo yo que eran su amor a su patria, a sus seres queridos, a su arte. Me siento una tarada sintiendo que las únicas raíces que tengo, que tenía, que tuve, son el amor a Florencia, o de Florencia, o nuestro amor. No sé.
Lo que sí sé es que sin raíces que te nutran, no hay fuerza para volar.                                  

7. Florencia 2 (Arteria invisible)

Hace dos años mi tía se divorció de quien fue su marido por casi 30 años y siguió los pasos marcados en el manual de la cincuentona divorciada. En los meses que duró esta fase, nos repetía  a todos los que adornamos su vida un discurso sobre cómo le había vuelto esta especie de “hambre por la vida”. Mi tía viajó, reventó sus tarjetas de crédito y se armó una troupe de divorciadas con quienes ir al Golden.
Con Julia no estuvimos juntas 30 años, pero desde el segundo exacto en el que me miró, sentí que la conocía desde hace siglos. Conexión instantánea, como la sopa, instantánea. Por más cursi que suene.
Al tiempo, empecé a sentir como si uno de los pulmones de Julia estuviera unido mediante una arteria invisible a mi ventrículo derecho. Así de cerca la tenía a Julia. Atada a una parte de mi cuerpo. El asunto con ella es que nunca se queda quieta y de tanto tironear estaba comenzando a arrancarme un pedazo de mi corazón.
La dejé a Julia con la idea de volver a tener “hambre por la vida”, con la idea de que me vuelvan a importar cosas que no tengan nada que ver con ella. Pensé que alejándome de ella,  comprando todas las promociones que me ofreciera Groupon y saliendo con las chicas más lindas de Puan iba a ser feliz otra vez. Iba a volver a sentir que vivía a través de mí misma.
Ya Cuevana dejó de funcionar, ya me fui un fin de semana a la costa para escribir y pensar, ya compré todos los libros de Plaza Italia y los de Parque Centenario también. Ya traté de empezar a comer sano, ya me anoté en un montón de cursos y también ya los abandoné. Pero a pesar de todos mis intentos, en cada renglón que escribo y en cada párrafo que leo aparece Julia. Estoy harta y no soporto estar en mi cabeza. Ni sé ni explicar lo cansador que es invertir cada neurona de mi cerebro en pensar en una persona. En girar y girar sobre esta persona hasta llegar a la pregunta más frustrante de todas: “Durante todo el tiempo que yo pienso en ella, ¿cuántas veces pensará ella en mí?”. O peor aún… ¿pensará en mí?

6. Juan 1 (Todas mis canciones)

Me siento un boludo. Atravieso todo Buenos Aires para ver a alguien que me manda a la mierda constantemente. Viajo una hora en el 55 hasta ese barrio de viejas conchetas y colegios caros para que vos me ignores.  Camino todas esas calles idénticas con edificios altos y guardias de seguridad que me miran con desconfianza sólo para cantarte todas esas canciones que te escribo. Canciones que te escribo y que, empiezo a pensar, no te importa escuchar.  Canciones sobre vos durmiendo, vos estudiando, vos cocinando, vos riéndote, vos viendo la tele, canciones sobre vos siendo vos, sobre tu gato, tu casa, tu sillón, hasta sobre tu vecino que pone cumbia muy fuerte.  Todo tuyo.  Sos una forra, sos una forra porque no puedo odiarte a pesar de que debería. Debería odiarte porque me tratás como si me hicieras un favor al hablarme y como si me quisieras lejos de vos. Hacés todo para tenerme lejos, pero cuando te pregunto qué es lo que querés me pedís que me quede. No te entiendo. Nada te entiendo.

No sé cuándo empezamos  a salir, ni cuando empezamos a querernos, ni cuando empezamos a tratarnos tan mal. Lo que sí sé es que me parece,  creo,  supongo que te hago feliz. Porque cada vez que te veía en esas fiestas de los amigos pretenciosos de mi hermana siempre estabas enojada, en un rincón, y siento que ya no estás tan enojada. Pero tenés ganas de estar enojada, y de mandarme a la mierda, porque claro es más fácil. Es más fácil que no seamos nada y que me llames cuando estés aburrida, a que estemos juntos y te des cuenta que… no sé. No voy a decir que te hago feliz por toda esa bola de que “Juan, sos un egocéntrico de mierda, no gira todo en torno a vos”, pero creo que te hago un poquito menos triste, y estaría bueno que me dejaras hacerte menos triste y dejaras de estar tan enojada conmigo y con nosotros. Estaría bueno que escucharas mis canciones, porque las escribo todas para vos. 

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